El fútbol es totalmente impredecible. Que se lo digan al Sevilla, que tras llegar a la media hora de partido con una ventaja de 0-2 terminó perdiendo en Ipurúa. Y además, con total merecimiento.

Un desastre que vino precedido de una primera parte de escándalo. Los de Lopetegui practicaron un fútbol magnífico, combinando su juego de toque con desplazamientos en largo hacia un tridente ofensivo que, esta vez, con Munir de punta, sí estuvo a la altura. Los tantos de Lucas Ocampos y Óliver Torres hicieron justicia en el marcador. El Sevilla “se paseaba”.

Sin embargo, todo eso quedó en los vestuarios. El Sevilla no compareció en los segundos 45 minutos, se hundió. De la mano de unos jugadores que perdieron el alma, la intensidad y todo lo que debe tener un equipo para competir en Primera División. Y también de Lopetegui, quién dejó a un lado su magnífica lectura de cómo hacer daño a la defensa adelantada de su oponente y apostó por aguantar, por dejar jugar. Lo que funcionó en anteriores fechas no valió ayer porque el Sevilla, además de dejarse llevar en cuanto a intensidad se refiere, cometió muchísimos errores, destacando tres de bulto.

En primer lugar, Koundé, que entró en sustitución del lesionado Carriço, perdió un balón al borde de su área y cometió penalti, transformado por Orellana. Más tarde, una ridícula falta de entendimiento entre Vaclik y Diego Carlos puso en bandeja el empate a Pedro León. Y para rematar la faena, el guardameta sevillista volvió a quedar señalado, colocando tan solo dos defensores en la barrera en un peligroso libre directo, que finalmente se encargó de transformar Cote, convirtiendo en pesadilla lo que iba en camino de ser un “paseo” sevillista.

Alejandro Sánchez